miércoles, 15 de octubre de 2008

Canción 14

Uno.
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El cielo, celeste. El mar, azul. Las olas traen a reventar a nuestros pies el agua salada de aquel océano eterno que siempre añoramos, deleitándonos con la danza de burbujas que cubren nuestros tobillos, en un vaivén de sensaciones harto conocidas pero que al parecer nunca antes experimentamos. Tú caminas hacia un extremo. Yo voy en dirección opuesta. Llevas en la mano una nota que te pedí no leyeras hasta que llegues al sitio donde te besé por primera vez. Ahí, en esa esquina donde la playa parece perderse en el infinito, yace el comienzo de una historia que jamás terminaremos de contar. Ahí, donde por primera vez nos vimos hace más de seis años y sin querer, en una tarde de verano que ya nos dejaba, toda ella pintada de un sinfín de tonos anaranjados, rojos y amarillos que anunciaban que el sol ya estaba cansado y era hora de que se fuera de vacaciones, quizás para no volver hasta una siguiente mañana de setiembre, o quizás de octubre, o quién sabe si sería en noviembre, en que nos volvería a gritar en la cara que ya había vuelto y era hora de ser felices nuevamente. Yo camino lento y sereno, chapoteando en la orilla, tratando de esquivar las arremetidas de las minúsculas cantidades de agua que querían empaparme los pies otra vez, esperando el momento exacto para voltear y verte a cientos de metros de mí, iluminada por aquellos rayos solares que delimitarían la hermosura de tu candorosa silueta, deteniéndote en el horizonte a leer aquella nota en la que he puesto mi corazón entero a tus manos, dejando expuesta, totalmente al descubierto y vulnerable, mi vida, para que hagas con ella lo que tú quieras.
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Dos
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Imaginaba tu rostro quemado por el sol, escondido tras el metal luminoso de los lentes de sol, bastión perenne de defensa para ocultar la melancolía de tus ojos.
Imaginaba tus pies no tan pequeños dejando huellas temporales en la arena que el mar se encargaría de borrar en cuestión de segundos.
Imaginaba tu andar cadencioso, felino, por el borde imperceptible que dividía y contrastaba la pasividad costeña con el revoloteo interminable de aquel mar helado.
Imaginaba el temblor de tus manos al abrir aquella nota en el extremo del mundo, y leer escrita en mi ya casi olvidada y nerviosa ortografía, la siguiente oración: 'Saca el iPod que no sabías estaba en tu cartera y pon la canción 14'.
Imaginaba tu búsqueda desesperada para encontrar ese artilugio infernal que casi no sabías usar aún, dentro de aquel baúl de lona celeste repleto de granos de arena con olor a coco y vainilla.
Imaginaba la ansiedad de tus movimientos para hacerlo funcionar y de una vez por todas llegar a la canción 14.
Imaginaba que llegabas a la canción 14 y escuchabas cómo comenzaba una melodía, nuestra melodía, la que más de una vez yo te había susurrado al oído parados en el mismo lugar donde ahora te encontrabas.
Imaginaba la sorpresa que te causaba la pausa en aquel himno de nuestro amor para escuchar mi voz a través de los audífonos preguntándote, sí, yo, a través de los audífonos, preguntándote, en plena canción 14 cargada en ese iPod que llevabas en tu cartera de lona celeste en el extremo de aquella playa donde tú y yo nos habíamos conocido y besado por primera vez frente a aquel horizonte anaranjado, y amarillo, y rojo, con aquel mar que fue y será el primer y mejor testigo de nuestro amor, si por favor aceptarías ser mi compañera de vida, mi mejor amiga, mi mujer, mi esposa, mi amante, aunque...
Imaginaba las lágrimas corriendo por tu mejilla, una sonrisa dibujada en tu rostro iluminado con un brillo inusual, y yo, detrás tuyo, arrodillado a tus pies pidiendo me des tu mano y tu corazón y tu alma, besándote, acariciándote, sintiéndote y dándote para siempre mi mundo entero, o al menos, el que alguna vez fue.
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Tres
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Todo eso imaginaba pues nada más podía ahora hacer, ya que ayer, bajo ese mismo cielo celeste y frente a ese mar azul, yo dejé de existir.

miércoles, 8 de octubre de 2008

Gemas almelas

-En serio, ¿crees que ya estamos listos?- pregunté.

-Pero...¿aún lo dudas?- me dijo ella, esbozando una sonrisa coqueta y nerviosa.

-Pues entonces...dale, vamos a hacerlo- dije.

Paula y yo nos conocíamos de toda la vida. La fortaleza de nuestra amistad era una de las pocas cosas de las cuales yo siempre había estado seguro. Aunque valgan verdades, hablar de amistad podría sonar confuso dada la real magnitud de nuestra cercanía. Nuestra relación siempre había sido motivo de incomprensión y, hasta cierto punto, suspicacias. Paula me conocía como nadie en este mundo, y eso era algo que me volvía loco. Con ella no podía tener secretos, no podía ocultar, no podía fingir, no podía nada. Siempre afirmábamos que lo nuestro había empezado en un mundo paralelo en el cual éramos una sola alma que se había separado en dos pedazos que encajaban perfectamente.

Y sucedió un día que estas almas gemelas, Paula y yo, decidimos tomar una decisión que cambiaría nuestras vidas. Era una perfecta mañana de verano en febrero en la que nos levantamos totalmente resueltos a experimentar algo que habíamos pospuesto durante mucho tiempo. Esa mañana, simplemente nos despertamos, nos mandamos un par de mensajes de texto y llegamos a la conclusión que era por fin tiempo de hacerlo. No había motivo alguno para esperar, pues ambos sabíamos que nuestra relación no podía ser más fuerte de lo que ya era, que ninguno de los dos alcanzaría con alguien más el grado de confianza que habíamos logrado alcanzar entre nosotros, o sea que si algo salía mal, nadie mejor que el otro para ayudar a afrontar la situación y el posible sinsabor de la novedad; eso, obviamente, en el peor de los casos.

Salimos temprano de nuestras casas y enrumbamos hacia Miraflores. La idea era encontrarnos a las diez de la mañana en el Parque Kennedy justo enfrente de la iglesia. No sé si Paula estaba tan nerviosa como yo, pero la verdad es que aquella noche no pude pegar un ojo. Cuando salí de mi casa, casi rompo la caja de cambios de mi carro porque no embragué lo suficiente. Mis movimientos eran totalmente descoordinados, torpes. Estuve a punto de arrollar a una señora que me recordó hasta el último de mis antepasados con boca, manos y creo que hasta con los pies. No me percaté de una luz roja y casi me empotró en un taxi Tico que iba a quedar peor que el puré de manzana que mi mamá siempre prepara para la Nochebuena. A pesar que siempre me sentí un as del volante, aquella mañana manejé peor que ciego parapléjico con Parkinson. Gracias a Dios, logré llegar a mi destino sin ninguna baja que lamentar, para beneplácito de mi espíritu y mi billetera, la cual solo contaba con el dinero suficiente para pagar los costos de lo que Paula y yo habíamos acordado hacer.

Como era de esperarse, en mi condición de 'macho' dentro del binomio que ambos formábamos, fui yo quien llegó a la hora acordada. A pesar que era relativamente temprano, el calor arreciaba sin piedad y eso hacía que la espera sea aún más desesperante. Me movía como un muñeco porfiado de un lado para el otro intentando apagar el incendio que me consumía internamente, no sólo producto de los 31 grados que hervían a cada uno de los transeúntes miraflorinos, sino de la mezcla de emoción y pavor que cubrían cada recoveco de mi empapada anatomía. ¿Y Paula? Bien, gracias. Probablemente recién salía de su casa y estaba a punto de mandarme un mensaje al celular diciendo: "Ahorita llego JC, ya estoy en camino".

Pues no, el destino me cerró la boca de un certero puñetazo y exactamente a las 10:08 vi la silueta de Paula acercándose al punto de encuentro y a paso ligero por la Av. Larco. Vestía unos shorts blancos muy ajustados que dejaban ver sus tersos muslos más de lo debido. Un polo celeste escotado y amarrado con dos tiritas sobre la nuca, que mostraba a plenitud el ombligo agujerado con el piercing coquetamente adornado con una carita feliz. A todo este relajado y veraniego outfit habría que añadir un par de sandalias blancas con pequeñas lunas celestes que permitían ver sus lindos y femeninos pies de uñas resplandecientes y perfectamente cortadas, la cartera con las mil y un baratijas que toda chica de veinte años suele llevar, el pelo empapado y brillante por el baño reciente con champú de almendras y sábila, cuidadosamente recogido sobre un lado de la cara sin una gota de maquillaje y unos lentes de sol que le daban un aire de diva adolescente en pleno apogeo. En suma, Paula lucía deliciosamente apetecible.

Al verla, sentí que las piernas me temblaban más que agujas de sismógrafo en pleno terremoto. La utópica realización de uno de nuestros mayores anhelos parecía estar por fin en vías de volverse una verdad concreta y tangible. ¿Y yo? Sólo quería correr de ese lugar, volver a tener diez años y jugar con mis Transformers, cuando la vida era mucho más fácil, aunque no tan divertida.

-OK, aquí estoy. Lista, emocionada pero serena, y en pleno uso de mis facultades.

-Dichosa tú...

-¿Qué dijiste?

-Nada, que estás hermosa tú.

-Ay JC, tú siempre con tus cosas. ¿Vamos ya?

-Pues...este...sí. Vamos, ya está todo arreglado. Ayer llamé y dije que iríamos hoy a las diez y media, así que estamos a tiempo. Además, es martes así que no creo que haya mucha gente.

Llegamos a las 10.40 de la mañana. Estacioné el carro a media cuadra pues no quería que nadie supiera lo que estaba a punto de hacer, y menos aún que se enteren que había ido ahí con Paula. Tocamos el timbre de la reja y ésta se abrió automáticamente. Paula entró delante mío y yo cerré la reja, tratando antes de mirar a todos lados para ver cuántos de los moros que andaban por aquellas costas podrían reconocerme. Una vez dentro, Paula se sentó en uno de los sillones en el hall de entrada y yo me acerqué a hablar con la señorita sentada detrás del mostrador.

Di mi apellido y pagué la tarifa correspondiente. La señorita me dijo que esperáramos unos minutos. Como matando el tiempo, empecé a observar el sitio. Era una casa antigua de dos pisos, enchapada casi toda en madera y con balcones hacia la calle. No muchas personas trabajaban ahí. Seguramente era un negocio familiar que no tendría más de diez años en aquella calle transversal a la Av. Pardo. Miré a Paula de reojo y vi que hacía lo mismo que yo. Sus ojos se movían desordenadamente tratando de apreciar los detalles de todo el ambiente que nos rodeaba. Dios, qué linda estaba. ¿Cambiaría eso después de...? No, no creo. Paula fue, es y será siempre la misma chica, mi mejor amiga, mi alma gemela.

-Señor Del Águila, ya pueden pasar. Es en el segundo piso- dijo la señorita del mostrador.

-Gracias- fue lo único que atiné a responder.

Entramos a la habitación y Paula lo hizo nuevamente por delante. Atravesé el umbral de la puerta y todos mis temores se aglomeraron dentro del estómago amotinándose en contra mía. Paula se quitó rapidamente el polo celeste de tiras amarradas sobre la nuca y pude ver las perfectas curvas de sus veinte años tan sanamente vividos. El sostén strapless color piel apenas cubría la curvilínea voluptuosidad de sus dos mejores atributos. Me quede boquiabierto al ver la soltura y naturalidad con que Paula se había despojado del polo y ella pareció notar mi cara de estúpido incrédulo. Soltó una discreta carcajada que cubrió mi rostro de un rojo policromado brillante que no supe cómo disimular.

-Paula, ¿estás segura que esto es lo que quieres?

-Maldita sea JC, ¿sabes qué? Si no estás seguro, me pongo el polo de una vez y nos largamos ahorita mismo. Estoy harta de tus inseguridades. Hace años que hablamos de esto y cuando por fin nos decidimos a hacerlo, venimos al lugar indicado, pagas, entramos acá y... No me jodas, sí quiero y quiero que seas tú el que esté conmigo así como quiero pensar que tú también quieres que sea yo la que esté contigo en este momento.

-OK, tienes razón. Yo también quiero esto. Please, no te molestes conmigo.

Yo también me quite el polo y vi cómo Paula no quitaba sus ojos de mi cuerpo. Tantas veces nos habíamos visto en la playa, o en la piscina de la casa de Rocío o la de la casa de Andrés, así como estábamos ahora, sin polos, y nunca hubo un ápice de vergüenza o pudor. Pero las circunstancias no eran las mismas, eso era un hecho.

Me recosté a menos de cincuenta centímetros de Paula y nos echamos de costado, mirándonos. Ella, sobre su brazo izquierdo. Yo, sobre el derecho. Cerramos los ojos y hubo un momento de silencio antes que de mi boca salieran las tres palabras más sinceras que alguna vez expresé:

-Paula, te quiero.

-Yo también JC. Mucho, ¿sabes? Y estoy feliz de hacer esto contigo.

De pronto, escuchamos el encendido de un interruptor y un pequeño motor empezó a rugir silenciosamente. Una voz ronca y siniestra rompió el vacío del momento y dijo:

-Bueno chicos, ¿listos para sus primeros tatuajes?